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La conciliación y el reparto de tareas domésticas

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Hasta hace poco, cuando se hablaba de conciliar la vida laboral y la profesional, se pensaba sólo en la mujer, ya que cultural y tradicionalmente es ella la que se encargaba de los hijos y la casa. La incorporación de la mujer al mundo laboral, es la principal causa de un nuevo enfoque.

Nos enfrentamos a otra forma de participar en la vida y en la sociedad, en la que cada vez más, se pone de manifiesto que, el hombre, no sólo debe “colaborar” en la vida familiar, sino que tiene que tener las mismas obligaciones y derechos que la mujer en este sentido. Igual que la mujer va ocupando espacios externos a su hogar, el hombre va ocupando el espacio en la casa que antes no ocupaba.

Es necesario adaptarse a la realidad social y para ello tenemos que hablar de la conciliación. Conciliar es compatibilizar espacios, públicos y privados; es decir el trabajo y la casa y, para que esto pueda darse, es necesario que hombres y mujeres compartan, en perfecto equilibrio, estas funciones.

Igual que la sociedad va evolucionando, los antiguos esquemas sobre las responsabilidades en el hogar se van transformando. Las tareas domésticas requieren un esfuerzo y dedicación, que en muchos casos superan a los de otras ocupaciones que están remuneradas.

Que el trabajo doméstico no esté retribuido, no quiere decir que no suponga un esfuerzo. La mujer, todavía ahora y sobre todo tiempo atrás, para compatibilizar ambos espacios, o bien delegaba el cuidado de sus hijos y de su casa, o realizaba una doble jornada privándose de su tiempo personal. En muchas ocasiones  las mujeres experimentan conflictos cuando intentan conciliar su rol de trabajadora fuera de casa, con el de madres y las tareas domésticas.

El proceso de cambio pasa por el reparto de la  responsabilidad de la casa, con sus tareas domésticas, el cuidado de los hijos y de los mayores.

Es importante diferenciar entre “ayudar” en las tareas de la casa, o “responsabilizarse” de las mismas. Responsabilizarse  es llegar hasta el final de una tarea con sus consecuencias, y ayudar es prestar una cooperación pero sin llegar a responsabilizarse de sus consecuencias.

Para ello, lo primero que tenemos que establecer es un acuerdo para abordar las actividades diarias y compartir las responsabilidades entre las personas que componen la familia. Para ello:

  • Haced un planteamiento compartiendo el objetivo, “yo gano …tú ganas…. y la familia gana”
  • Empecemos  por acordar y establecer las prioridades de las tareas que son ineludibles.
  • Hay que ser eficaces y dedicar un determinado tiempo de forma exclusiva a una sola tarea. Es mejor centrarnos en una tarea, que hacer demasiadas a la vez, porque si no pueden quedar inacabadas y quedarnos con la sensación de haber trabajado mucho pero haber dejado muchas cosas sin hacer.
  • También  podemos hacer el reparto conforme a los gustos o habilidades de los miembros de la familia….por ejemplo…yo prefiero hacer esto…tú prefieres hacer lo otro…
  • No es  conveniente establecer un dictamen de cómo se han de hacer las cosas. Hay muchas formas de hacerlas, la nuestra es una opción más, hay que confiar en el trabajo del otro.
  • No nos olvidemos nunca al establecer el acuerdo dejar un espacio para las tareas inesperadas.
  • Y siempre recordar que debemos incluir un tiempo para las actividades personales y sociales de ocio.

 

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